El Eixample de Ildefons Cerdà
El proyecto urbanístico que definió la identidad de Barcelona

Proyecto original del Plan Cerdá, Ildefons Cerdà i Sunyer – Museu d’Historia de la Ciutat, Barcelona
La evolución de Barcelona entre 1700 y 1850
Luego de haber vivido una transformación importante durante la Edad Media, Barcelona entró en una etapa de aparente estabilidad, con cambios muy paulatinos. Sería a inicios del siglo XVIII que la ciudad empezaría nuevamente un proceso evolutivo más intensivo que tendría dos momentos clave.
El primero ocurrió en los años posteriores a la Guerra de Sucesión (1701-1714). Como es conocido, Cataluña se alió con los Habsburgos, y siendo la última ciudad de la península en caer en manos de los Borbones, fue víctima de la animosidad de la nueva dinastía.
Los Decretos de Nueva Planta incluían una serie de medidas represivas, como la erradicación del uso institucional del catalán o la supresión de instituciones políticas y educativas de larga tradición. Sin embargo, la consecuencia más ostensible de la derrota fue la construcción de la Ciutadella, una fortificación concebida no para proteger la ciudad, sino para mantenerla bajo control. Para que la Ciutadella tuviera cabida, fue necesario demoler más de mil edificios, lo que resultó en la reconfiguración de todo el barrio de La Ribera y un trauma severo para los ciudadanos.
Sin embargo, este panorama adverso tuvo una consecuencia que en el largo plazo se podría valorar incluso como positiva. El tratado de Utrecht, que dio por zanjada la guerra, dejó al Imperio Español sin sus dos grandes emporios textiles: Flandes y Milán. En ese contexto, Cataluña incrementó notablemente su producción textil con el fin de compensar esta pérdida, y recordemos que la manufactura textil estuvo estrechamente vinculada al proceso de industrialización en las décadas siguientes.
Así, desde inicios del siglo XIX, Barcelona empezó a acoger fábricas textiles de producción mecanizada, lo que tuvo consecuencias en todos los niveles. Transformación económica, incremento de la población debido a la migración interna, y un rápido proceso de deterioro de las condiciones de vida urbana.
Como parte de las restricciones impuestas en los Decretos de Nueva Planta, la ciudad tenía prohibido crecer fuera de las arcaicas murallas, y los nuevos ciudadanos se apiñaron dentro de la urbe como pudieron, aumentando de forma paralela la densidad y la insalubridad de Barcelona. La ciudad se llenó de edificios más altos, menos ventilados e iluminados, subdivididos, restringidos por un trazado urbano que ya resultaba a todas luces obsoleto.

Ciudad amurallada y Ciudadela, Plano de la Ciudad y del Puerto de Barcelona, 1806
La necesidad de expandir una ciudad industrializada
Para mediados del siglo XIX, la situación de Barcelona se había vuelto insostenible, debido al crecimiento industrial, a la presión demográfica y a las deficientes condiciones higiénicas que favorecían la propagación de enfermedades. Aunque ya era evidente hacía años la necesidad de derribar las murallas y expandir la ciudad, hubo que esperar un momento político propicio, que llegó en 1854, para que se autorizara desde Madrid. El aval del Estado para demoler la Ciutadella en cambio, una necesidad técnica, pero sobre todo un reclamo popular, no llegó hasta 1868. Las discrepancias sobre los siguientes pasos para conseguir la modernización continuaron presentes, sin embargo.
El Ayuntamiento convocó un concurso para el ensanche de la ciudad en 1859 del que resultó ganador el proyecto del arquitecto Antoni Rovira i Trias. La propuesta de Rovira era muy meritoria y estaba alineada con las tendencias predominantes del urbanismo burgués de mediados del siglo XIX, representadas por las reformas del Barón Haussmann en Paris o el Ringstasse de Ludwig Förster en Viena. Se proponía una ordenación jerarquizada, con una plaza central en los límites de la ciudad histórica que articulaba un conjunto de bulevares concéntricos que conectaban con los municipios vecinos.
Paralelamente, el ingeniero Ildefons Cerdà, que en 1855 había realizado por encargo de Madrid un levantamiento topográfico del llano de Barcelona, había hecho llegar una propuesta propia de ampliación de la ciudad. El gobierno central quedó impresionado por el plan de Cerdà y decidió imponer su ejecución, generando una gran controversia técnica, pero sobre todo política, al enfrentarse de forma directa al Ayuntamiento.

Plano del proyecto ganador del concurso municipal de 1859, Antoni Rovira i Trias – Museu d’Historia de la Ciutat, Barcelona
La implementación del Plan Cerdà
Más allá de las controversias y de los méritos del Plan de Rovira i Trias, lo cierto es que el proyecto de Ildefons Cerdà partía de una concepción más integral de la ciudad, entendida no simplemente como una acumulación de edificios, sino como un sistema funcional interconectado de viviendas, servicios, vías y espacio público. Además, implicaba un enfoque más igualitario y con más énfasis higienista, frente a la propuesta de Rovira, más conservadora y potencialmente más rentable para el desarrollo inmobiliario privado.
Estos principios se plasmaron en una retícula ortogonal alineada con el trazado de la Barcino romana, lo que podría ser una coincidencia, pero parece claro que tanto Cerdà como los romanos se basaron la orientación en la geografía local, los vientos y la trayectoria del sol.
La retícula propuesta era de una extensión inimaginable en esa época, llegando desde Montjuic hasta el río Besòs y desde el Mediterráneo hasta la sierra de Collserola. El ancho previsto para las calles era de 20 m, pero el plan se complementaba con avenidas tipo bulevar de mayor amplitud y jerarquía, como la Diagonal, la Gran Vía y la Meridiana.
Justamente estos tres ejes convergían en la Plaça de les Glòries Catalanes, ideada por Cerdà como nuevo centro administrativo y simbólico de la ciudad. La distancia desde la ciudad consolidada y la falta de medios de transporte, dejó la hipotética plaza cívica relegada y en cambio el Ayuntamiento se empecinó en la consolidación de Plaça Catalunya, un espacio de nexo entre la ciudad vieja y la nueva, aún sin urbanizar, que los ciudadanos usaban espontáneamente como lugar de encuentro.
Coincidía además con la plaza principal propuesta por Rovira i Trias pero no estaba contemplada en el proyecto de Cerdà. Aunque la iniciativa municipal se remontaba a 1862, el gobierno central no autorizó la urbanización formal de la plaza hasta 1889.

Plaça Catalunya, © Vicente Zambrano González – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
Densificación y redefinición del Eixample
En lo que respecta a las manzanas, la unidad de referencia del Eixample era un cuadrado de 113 m de lado recortado a 14 m de cada esquina para generar cuatro chaflanes, previstos para facilitar los giros y mejorar la circulación viaria. En una versión preliminar del proyecto (1855), únicamente dos frentes de la manzana eran ocupados en por edificios de planta baja más tres, de entre 15 y 20 m de fondo; el resto de la manzana quedaba como área verde o libre, y con esa proporción Cerdà se alineaba claramente con los ideales higienistas, garantizando luz natural, sol y ventilación para todos los edificios, creando además un precedente para el concepto de ciudad-jardín, formulado en 1898 por Ebenezer Howard.
Sin embargo, esta configuración inicial se fue modificando de manera acelerada. Para cuando el plan se convirtió en ordenanza, Cerdà había redefinido la profundidad edificable a 20 m fijos, que luego se ampliarían a 28 m. En 1862 el Ayuntamiento permitió la construcción de tres frentes con edificios de planta baja más cuatro y para 1891, se oficializó la disposición con cuatro frentes edificados, con una planta adicional y la ocupación del centro de manzana en planta baja.
Del prototipo de ciudad-jardín quedó poco, pero el plan Cerdà demostró una resiliencia sorprendente y muchos aspectos esenciales se mantuvieron incluso con los cambios normativos que acabaron definiendo la densidad y el carácter del Eixample, creando un sello de identidad para Barcelona.

Vista aérea del Eixample, © Florian Schmidt – Unsplash
El Eixample como escenario del Modernismo
Hacia finales del siglo XIX el Eixample se convirtió en un escenario propicio para el desarrollo del Modernismo gracias a sus amplias calles y a la ausencia de edificios históricos. El nuevo estilo surgió como expresión arquitectónica de la Renaixença, que reivindicaba la identidad catalana frente al conjunto de España, a la vez que se consolidó como representación de una burguesía que había ascendido socialmente de la mano de la industria y el comercio y se identificaba con la nueva ciudad.
Las fachadas modernistas proliferaron por el Eixample y ayudaron a posicionar a Barcelona como una ciudad moderna y cosmopolita, conectada con la tendencia internacional del llamado Art Nouveau. Las aspiraciones de equidad de Cerdà por tanto se vieron atenuadas por esta propagación de edificios de lujo, que además parecían competir entre ellos.
El caso más emblemático lo encontramos en la Manzana de la Discordia, donde los cuatro arquitectos más célebres de su tiempo transformaron sendos edificios preexistentes. Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner y Antoni Gaudí crearon aquí tres de sus obras maestras, la Casa Amatller (1900), la Casa Lleó Morera (1905) y la Casa Batlló (1906), mostrando todo el potencial creativo del Modernismo, sus posibles variaciones y su interacción urbana. Para completar el repertorio de principios del siglo XX, Enric Sagnier se sumaría a la “discordia” con la elegante reforma neoclásica de la Casa Mulleras (1911).

Manzana de la Discordia (Block of Discord), © Vicente Zambrano González – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
Expansión, consolidación y mutación del Eixample en el siglo XX
En su proceso de expansión, Barcelona anexionó las poblaciones de su entorno y el proyecto del Eixample se superpuso parcialmente a los trazados urbanos existentes, perdiendo la ortodoxia que le quedaba, pero nuevamente demostrando su potencial flexibilidad. Esto se hizo especialmente evidente en el barrio del Poblenou, donde además de caminos y calles anteriores, se habían instalado numerosas industrias que no respetaban la retícula. El sector contiguo a la calle Pere IV se percibe claramente como una anomalía y evidencia esta superposición de trazados.
De hecho, uno de los objetivos del Plan Jaussely de 1907, era justamente compaginar el Eixample con las localidades circundantes de Barcelona. Aunque no se llegó a ejecutar, se debe mencionar que en otros aspectos esta propuesta urbanística de adaptación del Eixample implicaba el regreso a un ideal de ciudad monumental y jerarquizada.
Por circunstancias muy diferentes, igual suerte corrió el Plan Macià de 1934, concebido por los arquitectos racionalistas del Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporànea (GATPAC) y que mantenía algunos aspectos del Plan Cerdà enmarcados en una reorganización funcionalista.
En los años previos a los Juegos Olímpicos de 1992, el Eixample volvió al debate urbanístico cuando el equipo de MBM Arquitectes lo tomó como referente en su propuesta para la Vila Olímpica. Nuevamente el Plan Cerdà demostró que podía adaptarse y reinterpretarse en diferentes contextos. Bohigas y compañía modificaron el trazado de un sector industrial en decadencia para convertirlo en un barrio residencial con una retícula subyacente e interiores de manzana ajardinados. El éxito del resultado tuvo que ver con la reconexión de Barcelona con el Mediterráneo mediante el Port Olímpic, pero no pasó desapercibida la conexión con las propuestas de Cerdà, destacando su influencia más un siglo después de su concepción.

Reinterpretación y adaptación de la trama del Ensanche en la Vila Olímpica, © Google Earth
El legado de Cerdà: el Eixample en la actualidad
La vigencia del legado de Cerdà tiene poco que ver con la plasmación exhaustiva de sus ideas o su proyecto. Por el contrario, está estrechamente ligada a la capacidad resiliente de su plan de sobrevivir a una sucesión de modificaciones y adaptaciones, incluyendo la densificación considerable del Eixample. También tiene mucho que ver con su eficacia para crear un entorno urbano único caracterizado por sus dimensiones y su trazado regular, y en especial por los chaflanes, que adquieren la categoría de elementos identitarios de la ciudad.
Ya sea que lo incluyan o no entre sus referentes directos, es habitual que los urbanistas y arquitectos contemporáneos sigan teniendo en cuenta el Plan Cerdà al momento de proyectar en Barcelona. De hecho, las propuestas urbanas más interesantes de las últimas décadas en la ciudad son en cierta manera reinterpretaciones del Eixample, como es el caso de las Supermanzanas o los Ejes Verdes. Ambos planteamientos, estrechamente ligados entre sí, tienen el potencial de ser transferibles a otras ciudades, pero tanto su concepción como su aplicación cobran todo su sentido en el contexto de Barcelona, y de la retícula de Cerdà. En ambos casos se intenta sacar el máximo provecho del ancho de las calles, pero sobre todo de las intersecciones, como se evidencia en los proyectos comentados en un artículo reciente de Guiding Architects sobre renaturalización.

Plaça-jardí Rocafort de 08014 arquitectura, © Pol Viladoms
Otro proyecto heredero de las ideas de Cerdà es el Parc de les Glòries (2025), que, aunque se aleja del carácter cívico ideado por él para esta intersección, se alinea con su aspiración de crear una ciudad más verde, dotada de grandes parques urbanos.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar el distrito de innovación 22@. Con la premisa de regenerar un barrio industrial en decadencia, el 22@ está transformando sectores del Poblenou en un distrito de uso mixto con presencia de oficinas de empresas tecnológicas. Como se mencionó antes, el trazado de este barrio es fruto de la superposición de la retícula de Cerdà sobre calles existentes, y las nuevas intervenciones buscan sacar el máximo provecho de estas condiciones, modificando los parámetros de ocupación, reformulando los centros de manzana, incrementando las zonas peatonales, y en líneas generales mejorando el espacio público en el distrito.

Nuevo eje verde Almogàvers-Zamora en el 22@, Laura Guerrero – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
La genialidad de Ildefons Cerdà y su Eixample reside en haber creado un modelo urbanístico capaz de adaptarse a múltiples condicionantes a lo largo del tiempo, manteniendo un sentido estructural y un carácter propio que sigue influyendo en los proyectistas contemporáneos.
Texto: Pedro Capriata
BIBLIOGRAFÍA
Bonet Correa, A. (2009). Barcelona moderna: Realidad y utopía del Plan Cerdà. Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.
Busquets, J. (2004). Barcelona. La construcción urbanística de una ciudad compacta. Ediciones del Serbal.
Centre Obert d’Arquitectura (s.f.). ArquitecturaCatalana.Cat
https://www.arquitecturacatalana.cat/es
Cerdà, I. (1991). Teoría de la construcción de las ciudades, vol. 1 y 2. Ministerio de Administraciones Públicas. (Obra original publicada en 1859 y 1861).
Cerdà, I. (1971). Teoría general de la urbanización y aplicación de sus principios y doctrinas a la reforma y ensanche de Barcelona. Instituto de Estudios Fiscales. (Obra original publicada en 1867).
Frampton, K. (1992). Modern Architecture. A Critical History. Thames and Hudson.
Gupo 2C (2009). La Barcelona de Cerdà. Flor del Viento.
Hughes, R. (2006). Barcelona. Anagrama.
López, M. Ed. (2010). Cerdà y Barcelona: La primera metrópoli, 1853-1897. Museu d’Història de Barcelona
Magrinyà, F. (2017). Cerdà: 150 años de modernidad. Actar
Magrinyà, F. (¿) Teoría Cerdà. Universitat Politècnica de Catalunya.
Permanyer, L. (2008). L’Eixample: 150 anys d’història. Ajuntament de Barcelona.
Rueda, S. (2020). Regenerando el Plan Cerdà: de la manzana de Cerdà a la supermanzana. Agbbar.
Solà-Morales, M. (2009). Deu Lliçons sobre Barcelona. Col·legi d’Arquitectes de Catalunya.
Solà-Morales, M. (2010). Cerdà: Ensanche. Universitat Politècnica de Catalunya.
El Eixample de Ildefons Cerdà
El proyecto urbanístico que definió la identidad de Barcelona

Proyecto original del Plan Cerdá, Ildefons Cerdà i Sunyer – Museu d’Historia de la Ciutat, Barcelona
La evolución de Barcelona entre 1700 y 1850
Luego de haber vivido una transformación importante durante la Edad Media, Barcelona entró en una etapa de aparente estabilidad, con cambios muy paulatinos. Sería a inicios del siglo XVIII que la ciudad empezaría nuevamente un proceso evolutivo más intensivo que tendría dos momentos clave.
El primero ocurrió en los años posteriores a la Guerra de Sucesión (1701-1714). Como es conocido, Cataluña se alió con los Habsburgos, y siendo la última ciudad de la península en caer en manos de los Borbones, fue víctima de la animosidad de la nueva dinastía.
Los Decretos de Nueva Planta incluían una serie de medidas represivas, como la erradicación del uso institucional del catalán o la supresión de instituciones políticas y educativas de larga tradición. Sin embargo, la consecuencia más ostensible de la derrota fue la construcción de la Ciutadella, una fortificación concebida no para proteger la ciudad, sino para mantenerla bajo control. Para que la Ciutadella tuviera cabida, fue necesario demoler más de mil edificios, lo que resultó en la reconfiguración de todo el barrio de La Ribera y un trauma severo para los ciudadanos.
Sin embargo, este panorama adverso tuvo una consecuencia que en el largo plazo se podría valorar incluso como positiva. El tratado de Utrecht, que dio por zanjada la guerra, dejó al Imperio Español sin sus dos grandes emporios textiles: Flandes y Milán. En ese contexto, Cataluña incrementó notablemente su producción textil con el fin de compensar esta pérdida, y recordemos que la manufactura textil estuvo estrechamente vinculada al proceso de industrialización en las décadas siguientes.
Así, desde inicios del siglo XIX, Barcelona empezó a acoger fábricas textiles de producción mecanizada, lo que tuvo consecuencias en todos los niveles. Transformación económica, incremento de la población debido a la migración interna, y un rápido proceso de deterioro de las condiciones de vida urbana.
Como parte de las restricciones impuestas en los Decretos de Nueva Planta, la ciudad tenía prohibido crecer fuera de las arcaicas murallas, y los nuevos ciudadanos se apiñaron dentro de la urbe como pudieron, aumentando de forma paralela la densidad y la insalubridad de Barcelona. La ciudad se llenó de edificios más altos, menos ventilados e iluminados, subdivididos, restringidos por un trazado urbano que ya resultaba a todas luces obsoleto.

Ciudad amurallada y Ciudadela, Plano de la Ciudad y del Puerto de Barcelona, 1806
La necesidad de expandir una ciudad industrializada
Para mediados del siglo XIX, la situación de Barcelona se había vuelto insostenible, debido al crecimiento industrial, a la presión demográfica y a las deficientes condiciones higiénicas que favorecían la propagación de enfermedades. Aunque ya era evidente hacía años la necesidad de derribar las murallas y expandir la ciudad, hubo que esperar un momento político propicio, que llegó en 1854, para que se autorizara desde Madrid. El aval del Estado para demoler la Ciutadella en cambio, una necesidad técnica, pero sobre todo un reclamo popular, no llegó hasta 1868. Las discrepancias sobre los siguientes pasos para conseguir la modernización continuaron presentes, sin embargo.
El Ayuntamiento convocó un concurso para el ensanche de la ciudad en 1859 del que resultó ganador el proyecto del arquitecto Antoni Rovira i Trias. La propuesta de Rovira era muy meritoria y estaba alineada con las tendencias predominantes del urbanismo burgués de mediados del siglo XIX, representadas por las reformas del Barón Haussmann en Paris o el Ringstasse de Ludwig Förster en Viena. Se proponía una ordenación jerarquizada, con una plaza central en los límites de la ciudad histórica que articulaba un conjunto de bulevares concéntricos que conectaban con los municipios vecinos.
Paralelamente, el ingeniero Ildefons Cerdà, que en 1855 había realizado por encargo de Madrid un levantamiento topográfico del llano de Barcelona, había hecho llegar una propuesta propia de ampliación de la ciudad. El gobierno central quedó impresionado por el plan de Cerdà y decidió imponer su ejecución, generando una gran controversia técnica, pero sobre todo política, al enfrentarse de forma directa al Ayuntamiento.

Plano del proyecto ganador del concurso municipal de 1859, Antoni Rovira i Trias – Museu d’Historia de la Ciutat, Barcelona
La implementación del Plan Cerdà
Más allá de las controversias y de los méritos del Plan de Rovira i Trias, lo cierto es que el proyecto de Ildefons Cerdà partía de una concepción más integral de la ciudad, entendida no simplemente como una acumulación de edificios, sino como un sistema funcional interconectado de viviendas, servicios, vías y espacio público. Además, implicaba un enfoque más igualitario y con más énfasis higienista, frente a la propuesta de Rovira, más conservadora y potencialmente más rentable para el desarrollo inmobiliario privado.
Estos principios se plasmaron en una retícula ortogonal alineada con el trazado de la Barcino romana, lo que podría ser una coincidencia, pero parece claro que tanto Cerdà como los romanos se basaron la orientación en la geografía local, los vientos y la trayectoria del sol.
La retícula propuesta era de una extensión inimaginable en esa época, llegando desde Montjuic hasta el río Besòs y desde el Mediterráneo hasta la sierra de Collserola. El ancho previsto para las calles era de 20 m, pero el plan se complementaba con avenidas tipo bulevar de mayor amplitud y jerarquía, como la Diagonal, la Gran Vía y la Meridiana.
Justamente estos tres ejes convergían en la Plaça de les Glòries Catalanes, ideada por Cerdà como nuevo centro administrativo y simbólico de la ciudad. La distancia desde la ciudad consolidada y la falta de medios de transporte, dejó la hipotética plaza cívica relegada y en cambio el Ayuntamiento se empecinó en la consolidación de Plaça Catalunya, un espacio de nexo entre la ciudad vieja y la nueva, aún sin urbanizar, que los ciudadanos usaban espontáneamente como lugar de encuentro.
Coincidía además con la plaza principal propuesta por Rovira i Trias pero no estaba contemplada en el proyecto de Cerdà. Aunque la iniciativa municipal se remontaba a 1862, el gobierno central no autorizó la urbanización formal de la plaza hasta 1889.

Plaça Catalunya, © Vicente Zambrano González – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
Densificación y redefinición del Eixample
En lo que respecta a las manzanas, la unidad de referencia del Eixample era un cuadrado de 113 m de lado recortado a 14 m de cada esquina para generar cuatro chaflanes, previstos para facilitar los giros y mejorar la circulación viaria. En una versión preliminar del proyecto (1855), únicamente dos frentes de la manzana eran ocupados en por edificios de planta baja más tres, de entre 15 y 20 m de fondo; el resto de la manzana quedaba como área verde o libre, y con esa proporción Cerdà se alineaba claramente con los ideales higienistas, garantizando luz natural, sol y ventilación para todos los edificios, creando además un precedente para el concepto de ciudad-jardín, formulado en 1898 por Ebenezer Howard.
Sin embargo, esta configuración inicial se fue modificando de manera acelerada. Para cuando el plan se convirtió en ordenanza, Cerdà había redefinido la profundidad edificable a 20 m fijos, que luego se ampliarían a 28 m. En 1862 el Ayuntamiento permitió la construcción de tres frentes con edificios de planta baja más cuatro y para 1891, se oficializó la disposición con cuatro frentes edificados, con una planta adicional y la ocupación del centro de manzana en planta baja.
Del prototipo de ciudad-jardín quedó poco, pero el plan Cerdà demostró una resiliencia sorprendente y muchos aspectos esenciales se mantuvieron incluso con los cambios normativos que acabaron definiendo la densidad y el carácter del Eixample, creando un sello de identidad para Barcelona.

Vista aérea del Eixample, © Florian Schmidt – Unsplash
El Eixample como escenario del Modernismo
Hacia finales del siglo XIX el Eixample se convirtió en un escenario propicio para el desarrollo del Modernismo gracias a sus amplias calles y a la ausencia de edificios históricos. El nuevo estilo surgió como expresión arquitectónica de la Renaixença, que reivindicaba la identidad catalana frente al conjunto de España, a la vez que se consolidó como representación de una burguesía que había ascendido socialmente de la mano de la industria y el comercio y se identificaba con la nueva ciudad.
Las fachadas modernistas proliferaron por el Eixample y ayudaron a posicionar a Barcelona como una ciudad moderna y cosmopolita, conectada con la tendencia internacional del llamado Art Nouveau. Las aspiraciones de equidad de Cerdà por tanto se vieron atenuadas por esta propagación de edificios de lujo, que además parecían competir entre ellos.
El caso más emblemático lo encontramos en la Manzana de la Discordia, donde los cuatro arquitectos más célebres de su tiempo transformaron sendos edificios preexistentes. Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner y Antoni Gaudí crearon aquí tres de sus obras maestras, la Casa Amatller (1900), la Casa Lleó Morera (1905) y la Casa Batlló (1906), mostrando todo el potencial creativo del Modernismo, sus posibles variaciones y su interacción urbana. Para completar el repertorio de principios del siglo XX, Enric Sagnier se sumaría a la “discordia” con la elegante reforma neoclásica de la Casa Mulleras (1911).

Manzana de la Discordia (Block of Discord), © Vicente Zambrano González – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
Expansión, consolidación y mutación del Eixample en el siglo XX
En su proceso de expansión, Barcelona anexionó las poblaciones de su entorno y el proyecto del Eixample se superpuso parcialmente a los trazados urbanos existentes, perdiendo la ortodoxia que le quedaba, pero nuevamente demostrando su potencial flexibilidad. Esto se hizo especialmente evidente en el barrio del Poblenou, donde además de caminos y calles anteriores, se habían instalado numerosas industrias que no respetaban la retícula. El sector contiguo a la calle Pere IV se percibe claramente como una anomalía y evidencia esta superposición de trazados.
De hecho, uno de los objetivos del Plan Jaussely de 1907, era justamente compaginar el Eixample con las localidades circundantes de Barcelona. Aunque no se llegó a ejecutar, se debe mencionar que en otros aspectos esta propuesta urbanística de adaptación del Eixample implicaba el regreso a un ideal de ciudad monumental y jerarquizada.
Por circunstancias muy diferentes, igual suerte corrió el Plan Macià de 1934, concebido por los arquitectos racionalistas del Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporànea (GATPAC) y que mantenía algunos aspectos del Plan Cerdà enmarcados en una reorganización funcionalista.
En los años previos a los Juegos Olímpicos de 1992, el Eixample volvió al debate urbanístico cuando el equipo de MBM Arquitectes lo tomó como referente en su propuesta para la Vila Olímpica. Nuevamente el Plan Cerdà demostró que podía adaptarse y reinterpretarse en diferentes contextos. Bohigas y compañía modificaron el trazado de un sector industrial en decadencia para convertirlo en un barrio residencial con una retícula subyacente e interiores de manzana ajardinados. El éxito del resultado tuvo que ver con la reconexión de Barcelona con el Mediterráneo mediante el Port Olímpic, pero no pasó desapercibida la conexión con las propuestas de Cerdà, destacando su influencia más un siglo después de su concepción.

Reinterpretación y adaptación de la trama del Ensanche en la Vila Olímpica, © Google Earth
El legado de Cerdà: el Eixample en la actualidad
La vigencia del legado de Cerdà tiene poco que ver con la plasmación exhaustiva de sus ideas o su proyecto. Por el contrario, está estrechamente ligada a la capacidad resiliente de su plan de sobrevivir a una sucesión de modificaciones y adaptaciones, incluyendo la densificación considerable del Eixample. También tiene mucho que ver con su eficacia para crear un entorno urbano único caracterizado por sus dimensiones y su trazado regular, y en especial por los chaflanes, que adquieren la categoría de elementos identitarios de la ciudad.
Ya sea que lo incluyan o no entre sus referentes directos, es habitual que los urbanistas y arquitectos contemporáneos sigan teniendo en cuenta el Plan Cerdà al momento de proyectar en Barcelona. De hecho, las propuestas urbanas más interesantes de las últimas décadas en la ciudad son en cierta manera reinterpretaciones del Eixample, como es el caso de las Supermanzanas o los Ejes Verdes. Ambos planteamientos, estrechamente ligados entre sí, tienen el potencial de ser transferibles a otras ciudades, pero tanto su concepción como su aplicación cobran todo su sentido en el contexto de Barcelona, y de la retícula de Cerdà. En ambos casos se intenta sacar el máximo provecho del ancho de las calles, pero sobre todo de las intersecciones, como se evidencia en los proyectos comentados en un artículo reciente de Guiding Architects sobre renaturalización.

Plaça-jardí Rocafort de 08014 arquitectura, © Pol Viladoms
Otro proyecto heredero de las ideas de Cerdà es el Parc de les Glòries (2025), que, aunque se aleja del carácter cívico ideado por él para esta intersección, se alinea con su aspiración de crear una ciudad más verde, dotada de grandes parques urbanos.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar el distrito de innovación 22@. Con la premisa de regenerar un barrio industrial en decadencia, el 22@ está transformando sectores del Poblenou en un distrito de uso mixto con presencia de oficinas de empresas tecnológicas. Como se mencionó antes, el trazado de este barrio es fruto de la superposición de la retícula de Cerdà sobre calles existentes, y las nuevas intervenciones buscan sacar el máximo provecho de estas condiciones, modificando los parámetros de ocupación, reformulando los centros de manzana, incrementando las zonas peatonales, y en líneas generales mejorando el espacio público en el distrito.

Nuevo eje verde Almogàvers-Zamora en el 22@, Laura Guerrero – Ajuntament de Barcelona, bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0
La genialidad de Ildefons Cerdà y su Eixample reside en haber creado un modelo urbanístico capaz de adaptarse a múltiples condicionantes a lo largo del tiempo, manteniendo un sentido estructural y un carácter propio que sigue influyendo en los proyectistas contemporáneos.
Texto: Pedro Capriata
BIBLIOGRAFÍA
Bonet Correa, A. (2009). Barcelona moderna: Realidad y utopía del Plan Cerdà. Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.
Busquets, J. (2004). Barcelona. La construcción urbanística de una ciudad compacta. Ediciones del Serbal.
Centre Obert d’Arquitectura (s.f.). ArquitecturaCatalana.Cat
https://www.arquitecturacatalana.cat/es
Cerdà, I. (1991). Teoría de la construcción de las ciudades, vol. 1 y 2. Ministerio de Administraciones Públicas. (Obra original publicada en 1859 y 1861).
Cerdà, I. (1971). Teoría general de la urbanización y aplicación de sus principios y doctrinas a la reforma y ensanche de Barcelona. Instituto de Estudios Fiscales. (Obra original publicada en 1867).
Frampton, K. (1992). Modern Architecture. A Critical History. Thames and Hudson.
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Hughes, R. (2006). Barcelona. Anagrama.
López, M. Ed. (2010). Cerdà y Barcelona: La primera metrópoli, 1853-1897. Museu d’Història de Barcelona
Magrinyà, F. (2017). Cerdà: 150 años de modernidad. Actar
Magrinyà, F. (¿) Teoría Cerdà. Universitat Politècnica de Catalunya.
Permanyer, L. (2008). L’Eixample: 150 anys d’història. Ajuntament de Barcelona.
Rueda, S. (2020). Regenerando el Plan Cerdà: de la manzana de Cerdà a la supermanzana. Agbbar.
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Solà-Morales, M. (2010). Cerdà: Ensanche. Universitat Politècnica de Catalunya.
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